Antes de empezar, hablemos de Frodo un momento… Estaba en su comunidad, lo más tranquilo posible, viviendo una vida simple junto a sus amigos, sin ningún tipo de riesgo. Luego, pasó de 0 a 100, conoció a otros seres y viajó por lugares que sólo había oído hablar por boca de su tío. Sin menospreciar el hecho de que tenía como encomienda llegar a la parte más oscura y malvada de ese mundo para destruir el anillo cuyo poder era tan inmenso que no había alma lo suficientemente fuerte para no perder el control ante él.
A través de los libros (y películas), Frodo lucha contra la tentación de caer sumiso ante el poder del anillo, como otros, incluyendo a su tío, llegaron a caer en su momento dado. En otras palabras, no se volvió adicto en su totalidad y ese motivo tiene nombre y apellido: Samwise Gamgee. ¿Qué hubiese sido de Frodo sin Sam? Sabemos la respuesta. Existe un 99% de que hubiese caído en la tentación del anillo al día de haberse separado. Debe haber por ahí una versión alterna en donde esto pasa y Frodo pierde la cordura, mientras Sam continúa orgulloso, dejando a su amigo en su trayectoria a ser el próximo Gollum.
Ahora bien, ¿por qué traigo a Frodo como ejemplo? Además de haber leído los libros recientemente y haber vuelto a visto las películas después de tantos años. Fue el primer personaje ficticio que me vino a la mente cuando pensé en las adicciones que me rodean, no que necesariamente me tocan, al menos, no todas, solo algunas. La inocencia de Frodo en su comunidad la comparo con la de un niño en nuestro mundo. Mientras que su salida al mundo exterior, la comparo con la adolescencia y adultez. No sabemos lo que no sabemos hasta que nos exponen o nos exponemos, dependiendo del caso.
Toda mi vida he tratado de evitar las diferentes adicciones para no perder el control de mi cuerpo, mente y alma. Nada de alcohol, drogas, fumar, apuestas, entre otras, y continúo batallando con ellas día tras día por lo normalizado que está ese comportamiento excesivo. Y esas conductas son, como quien dice, de adolescentes y adultos; no es que no haya niños expuestos y desde temprana edad empiecen a copiar la conducta modelada. En la comunidad latina es bien común desde chiquito haber visto todo tipo de comportamiento y, como escribí, es lo normal en un compartir, unas más que otras.
Aunque hubo una para la cual no hubo tiempo para prepararme, llegó como innovación, lo último de lo último. No porque estaba normalizada por mis mayores, sino por mis pares. Tener un celular, hacerse cuentas en cada una de las redes sociales, ese fue el anillo que no quise destruir y lo tomé para mí. Imaginemos que Sam hubiese tenido un anillo también, ¿le iba a decir a Frodo que destruyera el suyo mientras él seguía con el suyo? (No sé si esa versión alterna la han escrito). Mientras todos avanzaban a la era digital, ¿quién era yo para quedarme atrás? ¿Quién era yo para destruir mi anillo?
Como Frodo en sus momentos de duda, podría decir que se siente bien; ojalá pudiera tenerlo por siempre y seguir lo que empezó hace más de 15 años. Mientras cada vez me siento más consumido por lo irreal de las interacciones, tanto las mías con el dispositivo como con otras personas en las redes. No se supone que conteste rápido, tampoco que esté viviendo el día a día de mis allegados todos los días cada cierto tiempo, ni que me entere de las noticias del mundo en menos de un segundo una detrás de otra. La cantidad de información que mi cerebro adquiere a diario cuando estoy activo en las redes sociales es indescriptible.
Al final de la aventura, Frodo se veía drenado por la carga que exigía portar el anillo por tanto tiempo. De esa forma me siento al final de cada día cuando no puedo soltar el celular ni un rato por si llega un email del trabajo o, quién sabe, le pasa algo a alguien que amo y me necesita. Las posibilidades son tantas cuando uno está desconectado que no sabemos lo que no sabemos. Y lo que no sabemos, pero queremos saber, cogemos el celular y buscamos la información. No es tan sólo para comunicarse, sino también para informarse, y para sacar cálculos, saber hacia dónde ir, pagar las cuentas, escuchar música, ver videos en YouTube, buscar qué leer o ver luego, ¿sigo?
Podría justificar la adicción por la normalización del asunto y lo necesario que es en estos tiempos, pero Sam no estaría orgulloso de mí. Así que lo que hago es que, al igual que Frodo, trato de disminuir el uso del anillo, aunque lo sigo cargando en el cuello para cada lugar al que voy, ni modo. La ironía más grande de este escrito es que sin sus anillos, existe una gran posibilidad de que no me estuvieran leyendo en este preciso momento.
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